Aunque me encanta corretear desnudo por los pasillos del recién estrenado Seminario y sus suaves moquetas, necesito ropas normales para salir de incógnito. Y hoy ha tocado día de compras. Así que me he ido con mi mayordomo al flamante Pla-za Imperial (recordadme que algún día escriba algo sobre el hazmerreir del monorrail) y, como ya sabeis, me gusta contaros los casos de autodestrucción empresarial que a veces me voy encontrando por ahí. Hoy: Primark.

Es una tienda de ropa barata al estilo de Kiabi o H&M. Vamos, de la típica ropa que al segundo lavado está para tirar a la basura porque el negro se ha convertido en gris a corronchos y con textura textil pareja a la del cartón.
Oh, ¡qué calcetines tan divinos! ¡y en packs de 5! ¡y son tan baratos...!Bien, he seleccionado unos cuantos artículos (un par de camisetas, unos pantalones con un par de tallas y una sudadera) y me he ido al probador. Hasta aquí todo correcto. Pero al llegar empiezo a ver cosas raras. Primero, veo que hay un probador para mujeres y otro para caballeros. Bueno, tampoco es para tanto. San Escrivá se pondría contentísimo con este avance, pero por lo demás tampoco parece afectar mucho. Pero luego cobra sentido:
Voy a entrar por el pasillo pero de repente aparece el guardián del probador (materializado en una chavala de veintipocos y caracterizada por mí como Robocop) y, con una amabilidad exquisita digna de portero de discoteca y tozudez de militar, empieza a poner restricciones estúpidas.
- ¡Señor! ¡No puede entrar usted a probarse esa sudadera!
- Eee... ¿comor?
- ¡No puede entrar a probarse ahi una sudadera! ¡Las sudaderas se tienen que probar fuera!
- (eh? pero WTF!!) Pero es que quiero ver qué tal me queda con estos pantalones...
- ¡Lo siento señor! ¡No se puede entrar al probador a probarse una sudadera! ¡Tendrá que dejarla aquí!
- Esteee -yo ya mosqueado por la gilipollez- bueno, pues vale, pues la dejo aquí y me la pruebo fuera después.
No te creas que probarte la ropa es tarea facil...
- ¡Alto ahí! -intento entrar otra vez- ¡A ver cuántas prendas lleva usted!
- A ver... e... trescuatrcincoseisss ssiete.
- ¡Señor! ¡No puedo dejarle pasar más que con seis! ¡Tendrá que dejar otra prenda aquí!
- Joder, que dos son la misma, son los mismos pantalones que llevo dos tallas y...
- ¡Lo siento señor! ¡deje una aquí! -dejo la que menos me interesa.
Tercer intento. Me dispongo a entrar con mi mayordomo que me aconseja sabiamente sobre qué tal me queda lo puesto y de repente el bicho este se dirige a el:
-¡Lo siento! ¡No pueden entrar acompañantes!
¿¿Osea que encima si voy con un acompañante que me eche una mano o me asesore no puede entrar tampoco?? ¿Pero estos pretenden vender algo?
Además, al estar en el culo del mundo la tienda esta no hay cobertura con la que comunicarse con los acompañantes que se quedan al otro lado. La estampa es cuanto menos curiosa: La gente pegando gritos intentando decirle algo a los que están fuera, o mejor aun, saliendo al pasillo central todos hacinados (y en calcetines) mientras al otro lado del mostrador los acompañantes veían como podían qué tal les quedaba la ropa... una escena ridícula y surrealista allí donde las haya.
Y ya para acabar de rozar el límite de lo absurdo, si dos que van juntos se prueban ropa a la vez, al primero que acaba
lo echan fuera, no permiten esperar al otro dentro del recinto de probadores. Esto lo vería aceptable si hubiera tanta gente que fuera necesario para garantizar la fluidez, pero es que no había
nadie.
Llegados este punto desde luego que la decisión de no volver jamás a la tienda ya estaba tomada. Pero aún quedaba un último detalle: Pagar (es que esos calcetines rosas me han conquistado...). En lugar de unas prácticas cajas tradicionales, tienes que ponerte en una fila de borregos en la que una máquina te va llamando para que vayas pasando.
El trato es cálido y familiar
En sí es un método que parece bastante eficiente, pero en la realidad resulta que te pegas 20 horas esperando igualmente y es un trato bastante frío y desagradable. Y ya para rematar, bajo las cajas hay unos preciosos rollos de papel de regalo a 1,5€ que dejan bien clarito que si quieres te lo envuelves tú y además compras el papel. Disuasorio es, dudo que nadie pregunte después de esto si envuelven para regalo, pero ganas dan de decirles que se lo metan por donde el sol nunca les ha alumbrado.
En definitiva, si el trato hubiera sido normal hubieramos comprado muchas mas cosas y, además, volveríamos. Pero en fín, es lo que tiene el que te traten como si te estuvieran haciendo un favor por venderte sus productos...